Estrenada a finales del 2011
y conocida en España bajo el título de Un
dios salvaje y en México ¿Sabes quién
viene?, es una coproducción entre Francia, Alemania, Polonia y España. Escrita
y dirigida por Roman Polanski, basada en la obra Le dieu du carnage (Un dios salvaje), de la dramaturga francesa
Yasmina Reza. Aunque esta comedia negra se desarrolla en Brooklyn, Nueva York,
en realidad se rodó en París, debido al problema legal de Polanski, que le
impide viajar a los Estados Unidos.
Nos encontramos pues al
inicio con que la única secuencia rodada en el exterior ocurre al inicio y
final de la película. Al principio vemos a un niño pegándole con un palo a
otro, se corta la escena y muestran a dos matrimonios, los padres de la víctima
y del agresor que se han reunido para hablar sobre la pelea entre sus hijos. Todo
en un intento de aclarar civilizadamente las razones del altercado, pedir
disculpas y reparar en lo posible el daño.
He aquí el problema, el
choque con la realidad, lo que convierte a esta película en comedia; esa fuerza
extraña que impide a los visitantes marcharse, por mucho que lo deseen, solo alcanzan
a tomar sus abrigos, despedirse, llegar al ascensor y de regreso al interior. Esa
inmovilidad que llega a ser verosímil, logra que cada personaje se quite su
respectiva mascara de cortesía, logra que se emborrachen, vomiten y se den los
altercados verbales; para luego dar lugar a cierta calma, un respiro, que después
reanuda la masacre.
Estamos ante un guión cuya
estructura narrativa es: situación de partida (un niño golpea a otro), conflicto
(padres que se toman la disputa a pecho), dificultad para resolverlo (padres que
no se ponen de acuerdo), generación de nuevos conflictos (adultos que pierden
el control) y solución (los niños vuelven a jugar juntos). No hay una solución
final para el conflicto entre los adultos.
Contiene cambios de tempo y
un marcado crescendo en los humores de los cuatro personajes, provocado por la
introducción de información anteriormente no conocida, que pone al revés la
situación: la supuesta víctima podría ser el auténtico abusador. Pero parece que
estos momentos no han sabido o no querido ser bien marcados por Polanski. Sin
embargo hay unas falsas divisiones creadas por los intentos de “huida” de los
Cowan, que parecerían marcar más los giros o cambios de tempo que el propio
texto en sí. Con ello, la progresión no queda del todo clara y menos aún la
cercanía de una conclusión o redondeo de la discusión.
Aquí no hay ni buenos ni
malos, ni siquiera vencedores y vencidos. Sólo cuatro personajes, todos adultos,
que se irritan en una calurosa discusión que va desvariando más y más a medida
que ésta se va alargando innecesariamente. Parejas que empezarán a lanzarse
frases malintencionadas sin reparo alguno e incluso no tendrán escrúpulos al
sacar los trapos sucios de sus respectivos matrimonios.
Llegando a cierto punto, deja
de importar el motivo por el cual discutían, pues la cantidad de impertinencias
e insultos que se sueltan, radica exclusivamente en la confrontación pura para
ver quién tiene razón, quién está equivocado, quién es más falso y quién ha
perdido más los nervios. La situación se descontrola de tal modo que nadie está
a salvo de recibir su dosis de ofensa personal, y todos los intentos por calmar
los ánimos e instaurar la paz acaban fracasando.
Cada uno tiene su propia
opinión sobre cómo canalizar el conflicto que afecta sus hijos (desde cómo
definir la agresión hasta cómo castigar al agresor, pasando por ver quién tiene
mayor o menor culpa), y de ahí surgen otros temas en los que por supuesto no
logran ponerse de acuerdo. A ratos ellos se alían contra ellas y ellas contra
ellos, pero al final la cosa resulta en todos contra todos. Y el esfuerzo
recalcitrante por alzarse como la voz de la razón de unos, como el desinterés y
la parsimonia de otros, provoca que el asunto les estalle en la cara.
Ahora bien, cada actor está sembrado
en su personaje, Christoph Waltz como Alan Cowan; es quien mayor nota cómica
imprime a las interpretaciones, aunque su personaje esté definido desde el
inicio con los mismos matices con los que finaliza. El abogado de profesión, más
pendiente de atender, su irritante teléfono que no para de sonar, que en
entablar una conversación con los padres del niño al que su hijo a desdentado,
interrumpiendo las conversaciones y sus frases maleducadas e impertinentes que
solo provocan enojo en los otros personajes; lo cual parece incluso disfrutar.
Kate Winslet, la señora Nancy
Cowan, en un comienzo una mujer reservada y muy tolerante que finalmente, y con
la ayuda de un poquito de alcohol (porque no hay nada mejor que un buen whisky
para amenizar una carnicería verbal), se desinhibe por completo y saca la
bestia feroz que lleva dentro; es ella quien encarna de manera más canónica lo
que el largometraje quiere plasmar: la fragilidad de esa capa de buenos modales
que, unos más que otros, todos tratamos de anteponer en las relaciones
sociales.
Jodie Foster, como Penélope
Longstreet hace pensar en una parodia de las actuaciones dramáticas y
exageradas de las grandes divas del cine que obtienen premios y reconocimiento con
su –“No me hables del sufrimiento en África…”–. Llega a ser el personaje más
irritante de todos dado su elevado complejo de superioridad. Una santa, una
doña perfecta, cuya moral y ética son superiores a las de su esposo e invitados,
o eso cree ella. Dueña absoluta de la verdad, Penny, una intelectual muy preocupada
por los males del mundo, la madre que siente el dolor de su hijo, incluso más
que él mismo; no tarda mucho en perder los estribos.
John C. Reilly encarna a
Michael Lonstreet el personaje con mayor evolución y casi el único al que la
destructiva situación le resulta producente. Un humilde vendedor de artículos
del hogar que aspira a pertenecer a una clase social superior. De ahí que
presuma ante sus invitados de sus ostentosos placeres privados, como un whisky
de 18 años y unos puros de primerísima calidad. Michael intenta calmar la
situación aunque le saquen de quicio algunos comentarios. Sin embargo, su
actitud excesivamente conciliadora no sirve para nada, además de que realmente para
él no tiene importancia lo que allí se discute.
Rodando la casi totalidad de
la película en un decorado que finge ser Nueva York, no solo por los edificios
que se proyectan por la ventana, sino también por el gusto burgués cultivado
que sus habitantes parecen haber impreso en la elección del mobiliario y los
complementos, Polanski no ha hecho ningún esfuerzo en darle una apariencia
cinematográfica a su adaptación de la obra teatral, pues solo se da el respiro al
exterior al inicio y al final, con sendos planos fijos de los niños en el
parque; y aun así logra que sea realista y fácilmente creíble. El resto transcurre
en lo que casi podría considerarse una única escena en el interior del
apartamento, del que solo vemos la sala, la cocina y el baño.
A Polanski le basta poner a sus cuatro intérpretes en un único espacio (la
casa) en la cual el ambiente se va
haciendo cada vez peor y del cual parece imposible escapar; puesto que esas
opresoras paredes que conforman el hogar de los Longstreet son las que ponen en
evidencia la hipocresía que dos acomodadas familias americanas esconden detrás
de sus buenos modales y sus buenas intenciones.
Desde la perspectiva del género,
está claro es una comedia, pero una comedia de las inteligentes, cargada de un
humor negro y un estilo que desprende sátiras, ironías y hasta parodias que
hacen al espectador pedir más y quedar insatisfecho con el pronto final, es que
solo dura 80 minutos.
Como director Polanski tiene
su estilo propio, un talento narrativo y visual al moverse exclusivamente a través
de una casa, sin que esto le desagrade al espectador da cuenta tanto de esto
como de su experiencia. Que incluso hace sentir que ha pasado más tiempo del
que en realidad dura la película, valiéndose de un sutil, pero perceptible cambio,
en la en la luz que atraviesa las ventanas de la casa; el atardecer. La misma
sutileza del dialogo, el cual llega a restarle importancia a la locación, un
dialogo desenfrenado pero al mismo tiempo rítmico, con sus pequeñas pausas, que
al terminar dan paso a una nueva ola de agresiones verbales; impulsados por los
irritantes sonidos de un celular y los de un secador de cabello.
Aunque llega un momento en
el que Polanski da más protagonismo al humor que a las implicaciones
socioculturales de desenmascarar a sus cuatro personajes, está claro que el
tema es criticar la hipocresía y el cinismo en que está sumergido el
comportamiento humano. Puede que ocurriese que al director le importara poco el
tema y ha preferido divertirse con la adaptación; o bien lo que en un inicio tenía
mayor atención (los mensajes) se salieron de las manos del director, de los
protagonistas y hasta en la sala de montaje.
Pese a esto, para el
espectador que va más allá del entretenimiento, tenemos una interesante
reflexión sobre el individualismo y el rechazo absoluto a las buenas
costumbres. El retrato de un mundo intolerante y en decadencia, encerrado en sí
mismo y acerca de la estupidez de los adultos que con su madurez no fueron capaces de resolver una discusión que para los niños fue borrón y cuenta nueva.

